domingo, 29 de diciembre de 2013

Carros de fuego



XVI: EL Guerrero vence.

Está dicho. Si combates en armonía con el Universo, no puedes sino vencer. Si combates porque es la única manera de recuperar el equilibrio perdido, no puedes sino vencer. Si combates porque has agotado todas las otras alternativas, no puedes sino vencer.

¿Pero qué significa vencer? Ganar la batalla con sólo hacer sentir a tu adversario el poder del que eres continente, el poderío del Universo. Hacer comprender a tu oponente que no tiene caso el derramar sangre sobre esta bella Tierra. Es hacer de tu enemigo un amigo. Es contribuir a la paz en el mundo. Es cumplir con la voluntad de Altísimo. Es vivir.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Polvo

   I

   A veces mi mamá me descubría solo en la pieza, perdido en la ventana, tratando de absorber toda la tarde que entraba. Pero la tarde no entraba, se desparramaba como si estuviese arrancando de algo y como si no tuviese más sitio al que huir que esa ventana en mi pieza, en la mitad del verano. Me preguntaba por todas las cosas del mundo, navegaba todas esas mareas de polvo y sol que constituían reinos aparte, con racimos urbanos que hablaban en murmullos tan sonoros. Había una canción para esos días, una canción que iba, que no venía, que iba al encuentro de los seres y los moldeaba ahí, en la contemplación, en la paz de sentarse en un trono de madera cuando se debía estar actuando. La tarde era más persona que yo.  Sus tentáculos dorados, sagrados, bailaban hacia mi con la lentitud de la certeza. Todo el mundo giraba noventa grados y crecía, desde la ventana, la tarde en árbol y ramas tostadas. Diluido en los vapores de la contemplación, dejaba que el sol me entrara en la piel y la carne y me sentía despertar, saltar de un dormir inexacto a un éxtasis ridículamente lento que me llenaba todo. Como si hicieran conmigo. La dulce anulación del tiempo. Todo es correcto cuando no hay tiempo para que nada sea correcto. Todo es exacto cuando no hay calibres que amarren a la tierra. Y en ese polvo que viajaba por el sol que se colaba en la ventana yo era y dejaba de ser y estaba completo también. Era en cuanto miraba. Todo el mundo miraba. Toda la consciencia desaparecía. Yo no estaba siendo, yo era, como quien dice que fue y será. Eran, quizás, los únicos momentos reales de la existencia. A través de la luz se precipita uno a los abismos que superaron la moral, como quien dibuja una ventana blanca buscando caer hacia sus cimas más hondas.

   Entonces entraba mi mamá y me decía con tanto cariño que quizás ahora yo no lo podría aguantar: "¡Qué está pensando, mi niño!". Los lobos necesitan manadas pero se arrojan al mundo solos. Tal es su estrella.

II

   Soñé con enormes bestias marinas que flotaban sobre la ciudad. Cielos en sepia a intervalos eléctricos, millones de granos de maíz siguiendo las corrientes en las alturas, la precipitación eterna que nunca encuentra caída. El imperio del volumen cuando se vuelca contra tu cama. Ciudades sobre nosotros. Monstruos marinos gigantes del tamaño de ciudades sobre nuestro pueblo. Amarillo.


martes, 18 de diciembre de 2012

Líneas de producción

   Levantarse sobre el sol, sin mañana, sin sueño (de ningún tipo), ser tragado por la fábrica, la mina, el destierro, la negrura donde rápido se mueven las manos para ensamblar, revisar, empacar y perder la gracia y tener razón y volver de nuevo, mil veces, trescientas veces, mil trescientas veces a ensamblar, revisar, empacar y todo listo y al siguiente que se vienen las aves que no cantan y al almuerzo nadar para ver que los ojos también se ahogan ahí donde se pierden y volver y ensamblar y revisar y empacar y todo muy bonito considerando que uno está muerto y que ya nada baila como antes y que de pronto uno tiene que, efectivamente, ensamblar y revisar y empacar y agradecerle a Dios que uno puede, de hecho, ensamblar y revisar y empacar ahí, entre tantos, en tantas líneas que producen y ahogar de verdad un llanto que no existe, que no podría existir, que literalmente no podría existir porque quién paga los llantos y volver entonces, qué tiempo que perder si al final todo es día y todo es noche y la fábrica no se rige por tiempo de hombres ni aun de dioses y yo busco y busco y no encuentro y me muero de hambre y ensamblo, reviso y empaco y me hundo y navego, siempre de espaldas como quien se pierde en barlovento y debo, aún, ensamblar y revisar y empacar y esperar que el canto en la garganta se calle de miedo con la pura mirada que le doy y que no es de furia porque la furia se ahorcó y volver, sí, a ensamblar y revisar y empacar y por el azar que no existe perderme la mirada ahí, en la suya, la obrera, que se cubre el pelo que de castaño quiere ser rojo, de puro rabiosa que está porque tiene un algo que decir y que hacer y ya no podrá hacerlo, no hoy porque tiene que ensamblar y revisar y empacar y sin embargo la gana una sonrisa o el intento nervioso de lo que podría ser una sonrisa cuando escucha afuera un murmullo como de soledades y soles y sangres también y de los mares que contienen a todas estas cosas y me mira, y me mira, que bien podría ser ella la que desencadene los fuegos de la destrucción, en el momento justo cuando comprende que su revolución está aquí.