sábado, 5 de septiembre de 2009

La Ciudad y la Noche

En la ciudad de los dioses muertos caminé descalzo por la noche. Por la noche, serpiente de edades escamosas. Y caminé por los negros caminos entre aquellos edificios poco habitados, entre las esquinas de gente triste que jugaba a la lujuria, entre los callejones y sus rojos ladrillos que ocultaban a las flores imperiales. En el centro, refugio de fantasmas coloniales y crímenes futuristas, los carteles del tránsito me indicaban "Tu crimen fue tener un corazón". Y yo seguí caminando pero no pude evitar recordar las sensaciones de una vida pasada, donde era un demonio de ropas nocturnas y pálido cuerpo que en lugar de corazón tenía una cloaca, a ratos luminosa, capital de ratas y culebras. Era feliz entonces, no tenía nada que sentir. Pero la ciudad es eterna y la noche con sus mantos y amoríos la cubre de nostalgias y licores. Y hay que seguir caminando. En la intersección de Recuerda el Dolor y Recuerda el Amanecer me detuve a contemplar las memorias del concreto. Es de mañana en algún lado y llueve pero la lluvia ya no me canta sus alegrías. Me sacó del letargo la cabalgata de un jinete fantasma de una Edad mediana, de armaduras repetidas y recocidas en la hierba. En su estandarte llevaba la consigna de los roedores del nuncio: "La vida sería perfecta si el alba jamás avanzara". Pero el jinete se perdió en la noche y con él toda secuela del oriente.
Cuando noté que las luces de la calle eran de óleo seguí caminando. Y caminé por las flores del inframundo que se construían en la ciudad con la forma de bares y otros males. Y caminé entre los pobres y entre los perros y ahí una vieja recién nacida y ungida con el polvo de un dios cojo me dijo "Sí, mi rata de auroras boreales" mientras se reía tan lentamente que en ello se le fue la vida. Yo no le entendí así que seguí caminando. Algunos autos y algún ruido de diversiones vacías. Alguna fractura y alguna garganta desgarrada. Caminé hasta un callejón olvidado de tu mano. Caminé con pocas ideas y los bolsillos húmedos. Caminé hasta que mis pies pisaron algo y conocieron por fin el frío. Al principio no lo reconocí, así que me agaché a verlo. Sí, era él y ahí estaba, tirado y humillado y frío como el relámpago en el ojo ártico. Sonreí entonces, sonreí como no lo hacía desde que olvidaste hablar. Y lo pisé, lo pisé con mis pies quebrados y lo aplasté, lo aplasté como a los corderos en los jueves. Y cuando noté que su sangre trataba de seducir a mis uñas subiendo entre mis dedos y acariciando mis tobillos, lo pisé más fuerte y lo aplasté más rápido. De haber testigos se hubiese dicho que aquello era una danza infernal de maldades cósmicas pero eso no podría estar más alejado de la verdad. Mi danza era un himno a la alegría de los que amaron. Mi baile era una feliz victoria sin alegría. Cuando el fuego y la vida se apagan, solo queda el frío. Y cuando el frío se deshace de sus luces solo queda el vacío. Y cuando el vacío se suicida... sólo queda lo que ya no queda.
Así que seguí saltando y pisando y aplastando y destruyendo a mi corazón helado y mal parido y seguí bailando entre las estelas de la sangre en las selvas del susurro, entre los dolores regurgitados de la ciudad y la noche. Entre el secreto altivo de tus ojos orgásmicos.

domingo, 16 de agosto de 2009

Camilo y Martín

A Camilo y a Martín casi nadie los entiende. Camilo ama a Martín. Martín, desde luego, ama también a Camilo. Como tantas otras veces en tantas otras historias, esa acumulación de miedos que creen haber encontrado un refugio y un camino a la salvación, y que lleva por nombre sociedad, los ignora. Y si tuviese certeza de su amor, los miraría con toda la extrañeza que le es posible. Pero Camilo ama a Martín y Martín ama a Camilo y no hay nada, ni en este mundo ni en el siguiente, que pueda cambiar eso. Porque Camilo llegó entre los vagones fríos del invierno, muy de prisa, a una ciudad que no conocía bien. Las curvas doradas de su cabello no se acostumbraron nunca a nuestras soledades. Pero él, como un provinciano valeroso, insistió y fue capaz de encontrar el camino a la gran capital de los cementerios y las nubes. Martín también llegó de una provincia, ubicada en los mares del sur. Su cabello también era rubio pero liso como las paredes de las agujas góticas. Martín tiene los ojos negros como su primer hogar pero tan transparentes que la gente a veces teme mirarlos creyendo que su alma será expuesta. Martín lo observa todo como si tal acción le fuese encomendada por seres estelares de una naturaleza oscura y más allá de toda comprensión. Camilo... Camilo observa a esos seres y aun a otros de esencias aun más extrañas.
Camilo ama a Martín y Martín ama a Camilo. Los separa una distancia tan grande que sería ridículo intentar explicarla y sin embargo se quieren de un modo sobrehumano. Las repisas de antiguas guarniciones romanas suelen preguntarse cómo es que tanto se quieren y cómo, sin que ellos hagan el más mínimo esfuerzo por ocultar su amor, nadie, ni en su familia, lo nota. A veces ellos se preguntan qué pasaría si sus cercanos se enterasen de su amor. Concluyen, por lo general, que éstos tardarían muchísimo tiempo en entender que tal sentimiento se puede dar y mucho tiempo más en aceptarlo, si es que alguna vez llegasen a hacerlo.
La nubes corren negras en la ciudad y sin embargo Camilo ama a Martín. En tiempos lejanos crecieron juntos en planicies casi divinas. Se miraron y comprendieron la cercanía de sus almas. Se abrazaron y entendieron que los caminos de la leche están para ser recorridos con la boca. Se tomaron de la mano y disfrutaron de los proyectos de paraíso que tres religiones aun no creadas planeaban instaurar, cada cual, como el único verdadero y valorable. Se adoraron como deidades griegas recién bañadas por su padre de tormentas. Se amaron y lloraron por los tragos amargos que la viña les servía.
Camilo ama a Martín y Martín ama a Camilo. Yo también los adoro. A Martín mi primo y a Camilo mi también primo. Camilo ama a Martín y Martín a Camilo, pero ya no podrán salir a jugar juntos y descubrir el mundo y los universos que se esconden en el jardín como los hermanos de mirada que debían ser. Camilo se bajó de los trenes calóricos de su madre hace unos meses pero no soportó la luz algo contaminada de esta ciudad algo contaminada y decidió morir luego de algunos segundos que las miríadas persas no podrán entender. Su vida de menos de un minuto repite su eco en mi espíritu tratando de ahuyentar a los demonios terribles que se formaron cuando oí que había muerto nada más nacer. Martín, por otro lado, decidió quedarse y esta noche duerme tranquilo cerca mío. Ya venció a los titanes que agujereaban su corazón de nubes ardientes.
Camilo ama a Martín y Martín ama a Camilo. Camilo cabalgará sobre corceles estelares y sobre praderas crepusculares. A ratos se volverá a sonreirnos. A ratos atravesará las existencias. Martín navegará sobre los mares de la victoria. A ratos se volverá a sonreirnos. A ratos... a ratos danzará con los destellos inextinguibles de Camilo.

domingo, 14 de junio de 2009

Los Santuarios de la Caída.






Cuando dejé de correr, luego de tres vidas y media, noté que los árboles habían crecido de modo monstruoso y melancólico. Miré a mí alrededor y en medio de aquel bosque de verdes magias comprendí que había llegado al fin. Comencé a escalar el ciprés que tenía enfrente. De vez en cuando paraba en alguna de sus arrugas hospitalarias para recostarme y recordar los días malparidos. Bebía de sus líquidos ambiguos y me abría dulcemente la cabeza para dejar escapar los dolores fluctuantes de cientos de miles de tardes y noches. Me tomaba otras dos vidas juntar la fuerza necesaria para mover el cuerpo y tratar de reanudar la marcha. La voluntad para realizar tal hazaña la tomaba prestada de los libros de las bibliotecas que el ciprés autista mantenía prisioneras. Estaba húmedo y luminoso de verdes numerosos. A veces miraba hacia sus hojas sobrepobladas de ciudades terriblemente temerosas y curiosas sobre los hilos del hombre y la lluvia. Los habitantes de tales ciudades habían hinchado sus ojos con las luces celestes de una mañana de lectura. Pero tenían miedo y temblaban cada vez que debían dejar sus hogares para alimentarse de los cuadernos de los niños que éstos habían olvidado bajo el barro y el campo. Sus pieles de fríos tonos gritaban a las edades el temor que sentían por sus condenadas vidas instantáneas. A veces los miraba y creía recordar algo o reconocer a alguien, pero cuales siervos extasiados, los habitantes de tales ciudades del miedo huían tan rápido como podían o caían muertos luego de que su corazón de cristales etéreos se contrajese por última vez. Proseguía mi marcha entonces, no con más anhelo de cimas venturosas ni más deseo por países extraños. Al amanecer del séptimo siglo llegué a la hoja más reluciente de todo el conjunto. Su aura de vidas húmedas se expandía como la revelación por sobre existencias imaginadas. Había un ruido allá arriba, un murmullo de civilizaciones ocupadas. Estaba casi en la cima del ciprés de las despedidas y la solemnidad del momento me hizo su intérprete. Caminé sobre el verde santuario con la lentitud de los enfermos en la guerra. Lloré un par de veces sobre mis pasos casi inexistentes antes de llegar a la punta declinante de tal lugar de nacimientos. Las brisas tristes me arroparon con frío y risas tenues, con cielos de dorados muertos y relámpagos ridículamente tiernos e inofensivos. No había más sonido que el susurro hiriente de tales vientos. No había más palabra que la que debí decir y no dije. Los latidos de una música fantasma me esculpieron la frente y desenterraron un ojo de cinco años que jugaba a las escondidas. Entonces comprendí a las cadenas existencialistas que unían a los tres Santuarios de la Caída. La hoja en las cima de los árboles monstruosamente melancólicos que sostenían a una gota rezagada de la última lluvia. Los cúmulos azules que se alargaban hacia el cielo de sus cielos como catedrales semi-construidas adornadas con andamios y herramientas de óxidos fríos. El camino de maderos que no tenía inicio y que se elevaba por sobre las nebulosas de polvos amarillos. La hoja, el cúmulo y el camino. Estando en el primero decidí anudar un par de lágrimas entre sí y lanzarlas al mañana. Te recordé entonces y la confusión de mis sentimientos me arrodilló frente al infinito. La primavera se había bañado en tus labios antes de estrenarse en el primero de los amaneceres. La noche había perdido los oscuros maquillajes de su rostro en tus penas recurrentes. Los ríos estelares tomaron como modelo a los cabellos de tu estío para edificar sus caídas de estruendoso silencio. No creo que alguna vez lo hayas comprendido. No creo que, al mirarme, hayas abierto los ojos. No creo que el ayudarte a encontrarlo haya sido una buena acción. No creo en mis supuestos sacrificios de sangres agónicas y violetas. Yo no creo.





Entonces, de pie en la hoja reluciente y despidiéndome de la gota de la lluvia, con un dolor en la garganta, donde alguien me abortaba un alma deforme, di el último de los pasos y me dejé caer por cavernas verticales donde mercaderes de tierras lejanas me ofrecían diversos tipos de salvación. Pero yo caía sin ventanas ni direcciones, sin sueños ni recuerdos. La única compañía que tenía era el dolor de verme envuelto otra vez en el amar de orígenes funestos y aun peores destinos. Me retorcía sobre mi estómago pensando en el por qué de mis desaciertos. No podía comprender, ni lo haré algún día, la razón de la ceguera de mis ojos moribundos. Había doncellas más morenas y más brillantes, más deseables y casi más astutas. Se daba la belleza en los cuellos vírgenes y más aun en los hombros inexplorados, reinos todos en los que un solo regente gobernaba. Pero al anuncio de la muerte de éste, no hubo más alegría en mi corazón, que en cambio se desangraba luego del inútil y patético sacrificio que había escogido hacer. No lo motivó el altruismo, no lo inspiró el paladinismo, ningún atisbo del camino de los héroes vio aquí sus inicios. Las únicas causas eran la estupidez soberana y el miedo sobrenatural que me asfixiaba las entrañas del espíritu. El miedo, el gran miedo. El miedo, porque te temí como los niños a los cuentos extranjeros. El miedo, porque, enfrentado a los eones, hice la única cosa que sé hacer bien: huir. Correr, arrancar, escaparme y esconderme. Las décadas de práctica mostraron sus frutos y me escabullí por entre las luces sin ser visto, tristemente victorioso entre las leyendas de la miseria. Y caí... caí del verde santuario por segundos no medidos, caí resbalándome de las espinas fantasmales que no existían. Caí hacia una tierra que, como yo, expertamente huía. Los universos se voltearon y sin cambiar de dirección llegué a entender que caía hacia los otros santuarios. Las catedrales azulosas se rieron solidarias y me permitieron saltar de ellas. El camino solitario de maderos escogidos hizo otro tanto. Caí entonces ascendiendo a estancias de profundos abismos fuera del espacio. Cerré los ojos en mi avanzar vertiginoso marcando con sangre y falsos lamentos la ruta de la fantasía. Te recordé y me odié demasiado levemente. Te recordé y me dolió demasiado intensamente. Te recordé y me desesperé con demasiados inviernos. Cayendo como me encontraba, mi incredulidad se tomaba la cabeza sin poder creer que quizás te amara... Repentinamente, sin siquiera pensarlo, choqué contra un islote que sostenía un monolito. En éste, en múltiples lenguas aun no inventadas, se leía la condena "Prepárate para las excavaciones del alma, mi amado hermano, porque va a doler." Poco después desperté en mi habitación, en mi propia cama tan ajena. Me vestí y con la mirada derruida me dispuse a mirarte a los ojos.