Cuando era chico mi mamá trabajaba en un
taller. Tenía que coser todo el día. Perdió la buena vista así.
Cuando era chico y ella volvía del taller me
traía un chocman. Lo hacía casi todos los días. Era gran parte de la felicidad.
Cuando era chico mi mamá trabajaba en una
fábrica. Cuando fui grande también.
Cuando era chico mi mamá me abrazaba. Cuando fui
grande ya no.
Cuando era chico y era hora de dormir mi mamá
siempre se iba al comedor. Yo me quedaba en la pieza, despierto. No la veía
pero sabía que ella estaba mirando por la ventana y hacia el jardín, hacia la
noche. Eso escuchaba.
Cuando era chico yo sospechaba terriblemente
que, cuando mi mamá hacía eso, cuando en las noches se ponía a mirar por la
ventana hacia la oscuridad exterior, lo que en verdad estaba haciendo era
volver a su esencia, a su verdadera forma física.
Cuando era chico pensaba que la verdadera
forma física de mi mamá era la de un extraterrestre muy peludo que tenía el
cuerpo entero cubierto de un vello rojo y largo. Y que miraba por la ventana.
Cuando era chico pensaba que mi mamá hacía
esto todas las noches o casi todas las noches para comunicarse con sus
similares allá, en algún punto lejano de la galaxia.
Cuando era chico la imagen que tenía de mi
mamá estaba tremendamente influenciada por algún personaje de uno de los
monitos que veía en la tele.
Cuando era chico esperaba con la respiración
a ratos contenida a que mi mamá volviera a la pieza para ver si se había
transformado o no pero siempre queriendo que no, que no se hubiese transformado
o, en el peor de los casos, que se hubiese transformado y que ya hubiese vuelto
a su forma humana.
Todas las noches en que esto pasaba yo
esperaba minutos que se me hacían eternos, minutos cuya longitud yo no
alcanzaba a comprender. Estaba, en el fondo, convencido de que mi mamá sí era un
extraterrestre.
Cuando era chico y mi mamá miraba silenciosa
por la ventana me daba mucho miedo.
Cuando yo era chico mi mamá me abrazaba. Después
ya no.
Cuando teníamos la tierna edad, cuando todo era pradera, todo era también noche alegre del verano. Todo juego radicaba en la potencia de la imaginación y de los jardines pasábamos a las selvas en un abrir y cerrar de ojos. Cuando tenía la tierna edad de cinco años yo quería tanto al mundo que lo abrazaba todo y todo cabía en la melancolía extrema, en la furia terrible de odiar a los hombres por matar caballos en sus guerras. Me temblaba la mano, el puño cerrado, la lágrima iracunda apenas contenida. Cómo podían los hombres matar a los caballos. Que qué culpa tenían, que qué cosas más injustas pasaban sin que nadie hiciera nada. Y en los momentos de la felicidad mayor yo tenía también pena. Yo pensaba en los lugares que sólo vi una vez, en los lugares en los que estuve y a los que nunca volvería. Cómo se puede aguantar la pena de esto, cómo se puede soportar viajar y mirar las casas que existen al lado de las carreteras o, peor aún, cómo se puede vivir al lado de la carretera. Cómo no te llevan las nostalgias, cómo no te queman las nostalgias. Era como ver lugares nuevos en la noche, cuando estaban durmiendo con los ojos bien abiertos y cantando, cantando cosas que en el día no podían y que decían sobre sucesos únicos en el mundo, fuera de toda moral y toda explicación y que tenían una belleza tan ridícula por ser únicos que uno no podía sino llorar, llorar y quemarse y sentir y volver a llorar y volver a quemarse y sentir. Qué cosas más bonitas me quemaban las ánimas en los ojos cuando pensaba en la basura de las casas nuevas, de las casas viejas, en las cosas cuyos dueños ya no veían, que eran basuras pero basuras aceptadas, que eran un polvo querido, a veces amado. Qué terrible orgasmo en la columna sentir el olor de la comida ajena, del almuerzo ajeno. Qué terrible la tierra mojada de la niñez.
Cuando yo tenia la tierna edad de cinco años no aguantaba más el amor que le tenía a mis juguetes y, de cuando en cuando, los agrupaba a todos y buscaba abrazarlos, así, abrazarlos como quien abraza a su mascota, rodearlos a todos con los brazos y, sobre todo, protegerlos, ¿protegerlos de qué?, vaya a saber uno, pero yo sabía que debía cuidarlos y que todo lo que estuviera fuera de mis brazos estaría perdido, se iría, como los recuerdos en la carretera o en las guerras de los hombres, como los nombres de los caballos que murieron en sus guerras y como los detalles que un día nos hicieron sentir una pena marina, a raíz de nada, de todo, como si cayésemos en cuenta de que Dios existe y de que Dios es, justamente, una pena infinita, alegría de luz blanca o de luz dorada arrancándose entre las hojas.
Pero tal era el Poder y la Gloria que nada debía escapar a mi refugio y me hubiese muerto de pena, de nuevo, si no hubiese salvado también a la mugre, a la misma mugre que se acumulaba sin respuesta entre las tablas de madera del piso de mi casa. Y como la mugre era mugre yo no debía tocarla, pero entre tocarla y morir de pena yo debía hallar una solución que venía, cómo no, de la imaginación del niño y veía entonces a la mugre siendo levantada de su sitio por fuerzas y campos, campos que la rodeaban y aislaban, ya no me podía tocar pero yo sí podía abrazarla y nos fundíamos todos, juguetes, mugres y niños, en un solo abrazo que era la salvación, que era la luz de Dios, que era la pena infinita del mar, que era el sentir la ausencia y descubrir que la cima de la felicidad era también, lo mismo, que la sima de la tristeza. Y todos estábamos juntos y nada corría el riesgo de ser olvidado, porque si yo olvidaba algo, ese algo moría, moría de verdad, moría para siempre y me consumiría entonces la tristeza y la historia ya no tendría un sentido, ni un fuego y todo estaría mal. Por eso yo me empecinaba en el abrazo, abrazaba la mugre de mi casa, de mi suelo, para que no muriera en el olvido y me preocupaba con énfasis de repetir con palabras que todos y todo estaba incluido en la redención, incluso la mugre, especialmente la mugre, en plásticos imaginados pero incluida al fin. Y así era feliz, a los cinco años. Así era feliz, siendo triste, abrazando la mugre.
Treinta y siete años antes había encontrado entre los muros de Ascalón un hoja escrita. Contenía un poema largo que terminaba con dos versos que decían: "1) Que los Abismos no están vacíos" y "2) Que tal es su maldad".
Esta ha sido la declaración de mi locura aunque bien podría decir insanidad.
Un hombre roto
entregado a los caminos
recordando como máquina
con toda la maldad
que la falta de moral
le confiere
a las
máquinas
y aún
así
aquí
frente al panteón de divinidades
que lo conforman
el viaje se alza
en diagonal
hacia abajo
como la teoría
ateísta
que lo construye todo
tú.
Como el crujir
en la brisa
caliente
que canta
un vértigo de abismo
se devuelve también
la comida
en la carretera negra
de poniente.
Me aprendí tu cuerpo
desde
dentro
hacia
fuera.
Metí la mano desde dentro y hacia fuera
pero esto es solo un decir,
por supuesto,
porque las manos no van
ahí.
Todo mundo sabe
que las manos
no no
no van ahí.
Las manos van
en el petróleo del día
que sopla astros
como quien sacude
el mantel de la
mesa.
Bota migas
esperando botar civilizaciones.
Adentro de tu vientre
se rompe el arcoiris
que sólo tiene dos colores;
más nos vale el
fuego negro
que las terribles implicancias
de los grises calores.
Desollar con un dedo
el estómago, la panza
y empujar enseguida
un martillo al cerebro,
desde la panza y
hacia arriba mucho
más abajo
desde el fondo
hasta la luz
y esperar
ahí dentro
a que pases
por mi puerta
como la caricatura
de una tormenta.
Se desliza
la ausencia
como la mordedura
fantasma
que brota en hocicos
en mitad del cuerpo.
El veneno gasifica
el balance de los días.
Y me clava en maderas
que te matan
hasta parir.
Pánico.
No te calles
no cierres la boca
déjalo ser
y entra también
en la sangre, en los ojos.
La voluntad de
caerte
como el toro de
treinta pisos
que tropieza con la
gente
y extiende sus
manos para
arrancarte un trozo
de orgasmo de la cara.
Tú no sabes cantar
y te vas caminando
pisando
quebrando hojas al salir.
Celestes.
La penetración que se hunde
arena en tiempo
dolor
y
caída
cerrar los puños de los ojos
y dejar escapar
la oscuridad fría de la boca.
Yo quería decirte
que te extraño tanto
y me caía mucho
hacia arriba
sin ti.
Que no entendía
la elasticidad
en la hierba
ni aquellas realidades
donde solo estaba
la sombra del pasto
y un cielo
ametrallado de
espigas.
Que no me iba a levantar
de las escaleras
hasta girar los tiempos
y abrirte la mandíbula
apenas un poco más de
lo debido.
Refulge
tu serpiente
tú
enroscándose
en la garganta
tu alegría.
Todas las palabras son esdrújulas.
Todo lo que toco lo convierto en tormenta.
Está dicho. Si combates en armonía con el Universo, no puedes sino vencer. Si combates porque es la única manera de recuperar el equilibrio perdido, no puedes sino vencer. Si combates porque has agotado todas las otras alternativas, no puedes sino vencer.
¿Pero qué significa vencer? Ganar la batalla con sólo hacer sentir a tu adversario el poder del que eres continente, el poderío del Universo. Hacer comprender a tu oponente que no tiene caso el derramar sangre sobre esta bella Tierra. Es hacer de tu enemigo un amigo. Es contribuir a la paz en el mundo. Es cumplir con la voluntad de Altísimo. Es vivir.
A veces mi mamá me descubría solo en la pieza, perdido en la ventana, tratando de absorber toda la tarde que entraba. Pero la tarde no entraba, se desparramaba como si estuviese arrancando de algo y como si no tuviese más sitio al que huir que esa ventana en mi pieza, en la mitad del verano. Me preguntaba por todas las cosas del mundo, navegaba todas esas mareas de polvo y sol que constituían reinos aparte, con racimos urbanos que hablaban en murmullos tan sonoros. Había una canción para esos días, una canción que iba, que no venía, que iba al encuentro de los seres y los moldeaba ahí, en la contemplación, en la paz de sentarse en un trono de madera cuando se debía estar actuando. La tarde era más persona que yo. Sus tentáculos dorados, sagrados, bailaban hacia mi con la lentitud de la certeza. Todo el mundo giraba noventa grados y crecía, desde la ventana, la tarde en árbol y ramas tostadas. Diluido en los vapores de la contemplación, dejaba que el sol me entrara en la piel y la carne y me sentía despertar, saltar de un dormir inexacto a un éxtasis ridículamente lento que me llenaba todo. Como si hicieran conmigo. La dulce anulación del tiempo. Todo es correcto cuando no hay tiempo para que nada sea correcto. Todo es exacto cuando no hay calibres que amarren a la tierra. Y en ese polvo que viajaba por el sol que se colaba en la ventana yo era y dejaba de ser y estaba completo también. Era en cuanto miraba. Todo el mundo miraba. Toda la consciencia desaparecía. Yo no estaba siendo, yo era, como quien dice que fue y será. Eran, quizás, los únicos momentos reales de la existencia. A través de la luz se precipita uno a los abismos que superaron la moral, como quien dibuja una ventana blanca buscando caer hacia sus cimas más hondas.
Entonces entraba mi mamá y me decía con tanto cariño que quizás ahora yo no lo podría aguantar: "¡Qué está pensando, mi niño!". Los lobos necesitan manadas pero se arrojan al mundo solos. Tal es su estrella.
II
Soñé con enormes bestias marinas que flotaban sobre la ciudad. Cielos en sepia a intervalos eléctricos, millones de granos de maíz siguiendo las corrientes en las alturas, la precipitación eterna que nunca encuentra caída. El imperio del volumen cuando se vuelca contra tu cama. Ciudades sobre nosotros. Monstruos marinos gigantes del tamaño de ciudades sobre nuestro pueblo. Amarillo.
Levantarse sobre el sol, sin mañana, sin sueño (de ningún tipo), ser tragado por la fábrica, la mina, el destierro, la negrura donde rápido se mueven las manos para ensamblar, revisar, empacar y perder la gracia y tener razón y volver de nuevo, mil veces, trescientas veces, mil trescientas veces a ensamblar, revisar, empacar y todo listo y al siguiente que se vienen las aves que no cantan y al almuerzo nadar para ver que los ojos también se ahogan ahí donde se pierden y volver y ensamblar y revisar y empacar y todo muy bonito considerando que uno está muerto y que ya nada baila como antes y que de pronto uno tiene que, efectivamente, ensamblar y revisar y empacar y agradecerle a Dios que uno puede, de hecho, ensamblar y revisar y empacar ahí, entre tantos, en tantas líneas que producen y ahogar de verdad un llanto que no existe, que no podría existir, que literalmente no podría existir porque quién paga los llantos y volver entonces, qué tiempo que perder si al final todo es día y todo es noche y la fábrica no se rige por tiempo de hombres ni aun de dioses y yo busco y busco y no encuentro y me muero de hambre y ensamblo, reviso y empaco y me hundo y navego, siempre de espaldas como quien se pierde en barlovento y debo, aún, ensamblar y revisar y empacar y esperar que el canto en la garganta se calle de miedo con la pura mirada que le doy y que no es de furia porque la furia se ahorcó y volver, sí, a ensamblar y revisar y empacar y por el azar que no existe perderme la mirada ahí, en la suya, la obrera, que se cubre el pelo que de castaño quiere ser rojo, de puro rabiosa que está porque tiene un algo que decir y que hacer y ya no podrá hacerlo, no hoy porque tiene que ensamblar y revisar y empacar y sin embargo la gana una sonrisa o el intento nervioso de lo que podría ser una sonrisa cuando escucha afuera un murmullo como de soledades y soles y sangres también y de los mares que contienen a todas estas cosas y me mira, y me mira, que bien podría ser ella la que desencadene los fuegos de la destrucción, en el momento justo cuando comprende que su revolución está aquí.
Siempre
era noche en la ciudad. La ciudad siempre era noche. Caminando en sus calles se
encontraba uno como deslizándose sobre temblores tenues y graves que en cada
paso parecían modificar caprichosamente la realidad en el breve lapso que les
tomaba cantar a sus mariposas. Pero, ¿qué mariposas son las que cantan en la
noche? Sólo aquellas que han develado el mundo y se dejan arrastrar hasta ahí,
la cloaca del mismo donde todos los cuerpos se apresuran en llegar.
Eso era justamente la ciudad. Una cloaca
hecha de finales e inicios abortados. Una red última que atajaba las potencias
y les enterraba las raíces en cualquier esfera que se fuera a calcinar. La
ciudad cubría todo el mundo. La noche cubría toda la ciudad. Pero cualquiera
que haya estado vivo, cualquiera que haya sido bebido por el alcohol sabe que
las ciudades sólo viven y sólo pueden vivir en la noche. Tal es su canto
sagrado. Sólo así su canto carmesí puede ser ahogado por la oscuridad de los
cúmulos verticales. Y quién llora entonces con sus electricidades contenidas.
Su infinitud se desgarraba en edificios y
ruinas persistentes que atendían a la caída de los días. Aquí y allá se
levantaban sobre leyes confundidas que frente a tanta duda sólo atinaban a
dejar hacer y dejar morir. Cimas de luces a medio camino que no terminaban de
aceptar su naturaleza fantasmal. Callejones hambrientos que se tragaban las
ausencias, los sonidos y, ciertas noches antes de que lloviera, también el
aroma a tierra mojada que había lavado alguna mañana. Mañanas oscuras como la
noche, amarga yerba incendiando los cimientos de la comida que está muy
caliente para ser comida. Los bares eran las sedes de Gobierno. Realezas de
cuarenta grados que escupían todas las felicidades líquidas. El paraíso
enmarcado en fuego. El fuego ardiendo en los espíritus que danzaban en cada
botella, que nadaban en la garganta polvorienta y que se suicidaban en el
pecho, o su trastienda, esperando con toda la alegría del mundo que alguien,
allá, en algún rincón, muriese de sed.
Rubí trisado del último imperio, el Blood Magic, se empeñaba en reunir a los
amantes y viajeros más pálidos y faltos de luz que se pudiesen hallar. Había
que haber sufrido en tierra negra para sentarse y beber con propiedad las sangrías,
el whiskey o el polvo mismo de las ratas. Había que haber matado o había que
haber muerto, tantas veces como fuese necesario, para comprender al fin los
sabores puntuales que aprehendían las lenguas. Había que haber sido escritor y
combatiente. Algún espíritu atrapado, lleno de dientes afilados, debía fumarte
el alma. Y escupirte y lavarte la cara con una risa en la garganta que bien
podía cercenarte los miembros.
La noche del 23 de Julio, del Año de las
Aves Azules, el Blood Magic
ebullecía…
Hemos perdido la ciudad. Capital de metales oníricos, no hemos podido defenderla de los larguísimos lagartos que nadaban en las corrientes del viento. Sus ruinas son nuestras en la distancia del lamento. Sus humos son nuestros en el corte de las gargantas. Y una vez más, allí donde las eras danzaban temiendo el vértigo de los abismos celestes. Hemos sangrado nuestro oro sobre el crepitar de los cristos.
La hemos perdido y sus escamas se ríen de nosotros. Nos empuja el ladrillo nublado más allá de las márgenes del río. El lodo nos abraza ahora con sus ojos de serpiente. Vergüenza, amargura y derrota, es cierto. Pero ciertos son también los soles que se deslizan en la mirada. Ya no puedes matarme. Cargo el fuego de las almenaras de ultratumba. Y un recuerdo que nos recuerda las mañanas. Cabalgata de luz sobre las cadenas del misionero. Y distancia terrible entre las hojas y sus sables.
Nos reagruparemos frente al rumor de la llegada del comandante argelino. Dicen que carga un verano en la mitad del invierno y que escribe sus armas sin pestes extranjeras. Volveremos por tí, remolino de noches y tormentas.
- Santiago De la Vanguardia, Capitán de las lluvias del Este -
El verano no se quiere ir y se aferra con sus calores en la panza del otoño. Un día martes en la gran ciudad. Me sentí estúpido ayer por no tener las respuestas del existencialismo y creerle a Sartre. Salgo al jardín de la casa pero la casa más parece una gran habitación adosada a otras casas que a su vez parecen otras grandes habitaciones. El jardín son unos metros cuadrados de baldosas generosamente frías y una franja de tierra en sus límites donde ya pocas plantas reinan con gracia. Libros ocurrieron en sus vestidos en los años de la Arcadia pero hoy no tenemos más alimentos para darles. Y sin embargo lo visito. Me invita, me obliga Martín con sus argumentos de dos años y dos meses. Me sienta en sus palacios de divinidades etéreas y dándome a beber de sus risas y juegos infantiles me trae los recuerdos de una tarde de ayer, hace dos días o veinte años. Ya en el suelo me arremango los pantalones y me recuesto sobre las baldosas que son más amables que en el recuerdo. Martín se lanza sobre mí, ríe, juega, no calla, observa, carga a las naciones, brinda por los eventos y baila los cantos de los temperamentos agradecidos. Luego, viéndome en la calma arcadiana del suelo del jardín me imita y se acuesta a mi lado, mirando ambos al cielo de Abril.
Son doce segundos y todo es felicidad. Porque hay ropa tendida y varios cables que intentan herir las alturas celestes pero yo no noto esto hasta mucho después. Ahora, todo lo que veo son las colinas inversas de un cielo donde amanece en la hora de la tarde. Martín está conmigo, su corazón late con la curiosidad de los eones y sus ojos brillan con las sonrisas de las cosas más misteriosas. No estamos en la vieja población cortejada por las balas, mañana no tengo tal prueba de historia (acaso porque Colón nunca quiso encontrar ninguna ruta que no lo llevara a perderse entre las nubes del atlántico) y todas las ausencias están ausentes. El estío celoso no tiene jurisdicción en la sombra baja del jardín y aquí los estertores de la selva me salvan de la ciudad y sus respiros grises. Un viento infante nos acaricia las plantas de los pies. Es sabido que la brisa es el alimento de los hombres que son felices y están en paz. Tal es nuestro caso. Aquí, en nuestro hogar de ensueños sobre estas verdes praderas irlandesas, praderas sembradas de doce segundos que paren resoluciones victoriosas. Un espíritu dorado.
Soy un hombre tremendamente feliz, arropado y descubierto en estos verdores de la paz y la calma. No necesito gritar, porque ya no hay miedo que espantar. No necesito muchas más risas porque nuestra sonrisa establece el universo. Aquí se difuminan los tiempos y el hoy nos medica con sus flujos. Nos reímos abrazados del porvenir y sus barcos. No para ofenderlo sino para darle la más grata de las bienvenidas.
Martín ha vencido a la muerte y yo he vuelto de ella.
"Me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo, de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter, y me defendía contra él con el instinto del hombre sano. Esta repulsa fue sustituida en el transcurso del tiempo por simpatía, que tenía por base una gran compasión hacia este grave y perpetuo paciente, de cuyo aislamiento y de cuya muerte interna yo era testigo presencial. En este período fui teniendo conciencia cada vez más clara de que la enfermedad de este hombre no dependía de defectos de su naturaleza, sino, por el contrario, únicamente de la gran abundancia de sus dotes y facultades disarmónicas. Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento, que él, en el sentido de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí propio, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones y de personas, nunca se excluía a sí, siempre era él mismo el primero contra quien dirigía sus flechas, era él mismo el primero a quien odiaba y negaba...
"Pues en esto, y a pesar de todo, tenía un sentido eminentemente cristiano y de mártir, ya que toda causticidad, crítica, malicia y odio de que era capaz los desataba en primer término contra su propia persona. Por lo que se refería a los demás, a cuantos lo rodeaban, no dejaba de hacer constantemente los intentos más heroicos y serios para quererlos, para hacerles justicia, para no causarles daño, pues el "ama a tu prójimo" lo tenía tan hondamente inculcado como el odio a sí mismo. Y de este modo, fue toda su vida una prueba de que sin amor de la propia persona es también imposible el amor al prójimo, de que el odio de uno mismo es exactamente igual, y en fin de cuentas produce el mismo horrible aislamiento y la misma desesperación que el egoísmo más rabioso."
¿Has oído los elogios a los creadores? ¿Has escuchado las alabanzas a los artistas? ¿Has nadado entre las trizaduras de tales disparos? Porque yo he visto las líneas de tu rostro como jamás nadie podrá hacerlo. Y he recorrido las curvas suaves de tu cadera con la impresición de un tigre moribundo. Y he creado nebulosas a partir de ello, pero las gracias estelares ya no tienen reino en el conjunto de los hombres. Y la mujer camina con aire lejano por los caminos que ya no le gustan. Bendición negra la de las temperaturas. Porque la normalidad de felicidades medias es fría como la falta de moral que tanto adoro y la belleza es ardiente como la sangre que huye de la palma. Pero el frío no necesita de nadie para existir y por eso extiende sus dominios en la vastedad de lo que es y, en cambio, los ardores de la témpera precisan de una mirada violada y febril que ubique las aristas en flor de la mujer que me mira de espaldas a mi. Es por eso que soy cenizas y cenizas son mis cuadros. No arde el pétalo en el naufragio de su tan exquisita normalidad.
II
Es cierto. Yo he visto las líneas de tu rostro como nadie puede verlas. No porque te ame, no porque seas la más alta, sino porque te quiero. Y nosotros queremos con verdad. Y así he visto el caer de la línea pasando tu ojo y alcanzando el inicio de tu boca. Cuando sonríes, desde luego. Y el volar de la línea cuando cierras los ojos para abrir la alegría. Y he visto estas líneas celestes dibujarte en los inicios de la noche de una forma que te grito y que no me escuchas. Porque acaso las líneas no son celestes. Porque acaso a mis gritos prefieres los susurros pasajeros. Maldición blanca la de lanzarte miradas auténticas. La de verte como cantas. La de oír cómo luces.
Yo quería quemar todos tus bosques y, en cambio, me aguanto las lágrimas de la anormalidad. Yo quería tener tu muerte en mis abrazos. Yo quería coserte la canela en la madrugada y bordarla en el alba. Yo quería oirte la despedida una y otra vez. Pero los venenos de mi mente me han cortado la sangre. Y ahora te tengo sólo en la lejanía. Una tormenta curiosa me orbita veloz. Tu mano de risas felices me asalta la garganta. Tu traición válida me derrumba el habla. Cercenar las ideas...
Estoy tan confundido que no puedo escribirte nada, nada bien. Y todo lo que hasta aquí he escrito es cuerpo muerto de lo que realmente quise decir. No tiene ninguna belleza. Quizás es la letra la que trata de decirme que he buscado en vano. No hay nada hermoso ahí donde he mirado a través de todos estos años. Todo es lindo pero tanto como el alcohol y la música en una fiesta cualquiera. El mundo es injusto y, después de tantas aperturas, debí haberlo comprendido. Debí haberlo usado a mi favor. Pero me empeciné en mirar cuando no había que mirar y en consecuencia he recibido este talento agonizante que en verdad nunca vio lo que siempre he escrito. Es mi locura la que habló queriendo amarte. Nada de lo que he dicho, de lo que te he escrito es mentira. Todo ha sido cierto pero terriblemente dislocado de lo que los hombres llaman realidad. ¿Estás con otro ahora? ¿Vale todo esto la pena? Si hubiese escrito esto en papel, lo hubiese arrugado y arrojado al basurero.
Viejo titán mutilado en segundos, médico último de los escritores, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Crudo. Carne. Cemento. Y también concreto. En el segundo tercio de la madrugada alba se nos desgarraron los huesos...
Camino pocos pasos y me detengo ante la cama de Martín. Sonrío, es sólo un temblor, uno de tantos, que ya debe estar acabando. Pero Martín despierta, las culebras lo alcanzan. Y sus escamas son frías. Lo rescato de los brazos de alguien, lo cubro con mi brazo izquierdo, con mi brazo derecho, con el ala de plata de un mensajero de los dioses, con la coraza andina de una geometría no resuelta, con la montaña constelada de un amanecer argento. La muerte no te alcanzará, no aquí, no conmigo, no este día. Y si ésta torciese su mente y me alcanzase a mí para dañarte a ti, le serviré un té eterno con sombrereros locos y liebres de marzo. No aquí, no conmigo, no este día. Pero la culebra se retuerce con fuerza, nos quiebra los pisos, nos quiebra los ojos, nos rompe el oído.
Miro a Camila ensayando un valor arcano y le digo que ya está pasando, que ya acaba. Es entonces cuando se desata la verdadera fuerza. Es entonces cuando comienza. Es entonces cuando la culebra arroja su ira invalidada por los años. Es entonces cuando la casa sufre el orgasmo de la tierra y sus rocas. Y se estremece. Porque la culebra está excitada, sabe que la observa una luna extendida, blanca, virgen, pura. Sabe que las gravedades encienden a las lunas. Y en consecuencia nos azota. Pienso en el fin pero no hablo su lenguaje, ni siquiera en el despoblado de mi cráneo. Las eléctricas agonizan en estertores. En el horizonte, estallidos estelares me empujan por la catarata. El ruido de la roca hambrienta. El ruido de la roca añeja. No hay bellezas célticas en estas sagradas serpientes porque éstas no son serpientes. Éstas son culebras, culebras vivas, culebras frías de iras congeladas en el estremecimiento eterno. Culebras en carne, culebras despreciables. Un caos escamoso de violencias infantiles. Una rata con pies de orilla. Los altos grados de los licores telúricos nos embriagaron con miedo y polvo en las gargantas. Treng-Treng se durmió en nosotros. Y sin embargo, el pecho de un hombre soporta reptiles mil veces más oscuros y fracturas tres veces más profundas.
II: El hambre y el aroma.
Yo caminaba por los valles todas las tardes de Febrero. Cargaba un saco con un abismo repleto de caricias muertas. Un agujero en los planes de los dioses. Una perforación en el único pulmón que tenía. Una excavación capitalista en el pecho derramado. Pero en el valle diminuto, único habitante de su realidad, crecían ciertas raras flores de cuando en cuando. Amé a la primera, flor morena. Quise tanto a la segunda, de primaveras resueltas. Y a una tercera, no mayor a tantas otras que yo había visto, le descubrí ciertas luces sonrientes que me hicieron caminar hacia sus senderos. Pero la mano del mendigo me negó los atardeceres, la caída del cerezo y al arroyo frío. Una puerta de rocas desechables. Un agujero de arenas grises. Un ahogo a muerte estrenado como canto. Y escupí entonces un veneno amargo en aquellas praderas con vista al universo. Pero lo escupí en el mismo agujero que cargaba en mi saco y también en los ojos trizados de tanto ayer. Yo comía el calor de un sol que venció a los titanes y de algunos árboles y piedras serenas. Pero el calor de las flores sabía distinto. Su mayor riqueza era que nunca lo había probado. Algunas mañanas el rocío me traía los aromas de sus pétalos. Yo comía los restos aún tibios de su calor. Por entonces eran mi único alimento. Migajas encendidas arrojadas al infinito. Arenas unitarias en la vastedad del hambre y mi saco taladrado.
Pude seguir moviendo mis muslos a medio cocinar pero mis pies son brutos y deslenguados y no saben de modales o no han querido aprenderlos así que un mediodía arruiné por breves segundos a los pétalos que más cerca tenía en un ataque de hambre iracunda mas siempre cariñosa. Pero el cariño, cuando está ebrio, no excluye las pequeñas violencias en todo caso deleznables. Me quedé seco, repleto de ausencia como el perro hambriento que soy. Otros canes famélicos me corretearon en la mirada. Un río muerto, un fantasma vestido. Y sin embargo no puedo explicarlo. Y sin embargo, no puedes entenderlo. No a menos que hayas caminado por los mismos valles con la misma hambre. Empiria es todavía un reino inconquistable y, desde luego, las letras no pueden cantar todos los óleos del dolor. El dolor es más fuerte. Descompuesto de no-partículas pesa más que las noches republicanas. Las hormigas de la hoja literaria jamás podrán dar cuenta de lo que ocurría bajo mi garganta. Ni tampoco de la tuya ni la de nadie. Y, por lo tanto, no puedo explicarlo. Y, por lo tanto, no puedes entenderlo. Pero me basta con que entiendas justamente eso: que no puedes entenderlo.
III: Los cataclismos y la ira.
Se trataba de ellos, los cataclismos del inframundo pectoral. La caída de las cavernas del hombre. El colapso del esternón, guerrero de latitudes inundadas. Y luego del polvo, cocinado al jugo del dolor, vinieron las luces de la ira. Siempre se está traicionando. Siempre hay un parto de emanaciones escarlatas. Siempre se busca al estandarte con los oráculos pueblerinos. Ten thousand days in the fire is long enough, you're going home... La ira, médico de las edades. Invoqué una tormenta roja de nubes. Una rabia climática fabricada con plagas de langostas. Un trueno galopante de sables y mareas. Una destrucción en Si menor. El radio de los troncos nucleares. La sangre arrojada al aire, bailando melodías extranjeras. El que quiera nacer tiene que romper un mundo, dijo el demonio maniqueo. El que quiera vivir, matar a un hombre, agregaría yo. Salpícame de vida porque he de gritar tu nombre...
Es entonces cuando entiendes que el odio puede también curar. Sanar, reparar las heridas, quemar las hemorragias. Las culebras de la tierra pueden ser rojas. La carne también es tierra. Y luego de los hospitales ¿qué ha de venir sino las estaciones de los trenes floridos cuyos idiomas malinterpreté en mis valles? Porque soy un analfabeto de los pétalos calóricos. Sus líneas dictaban paralelismos fraternos y yo leí embestidas de muertes gloriosas. Hay un aullido que se queja por no poder nacer. Y una serpiente altiva que te carcome la garganta. Auguro días de paz gris para los cielos de Abril. Porque yo he recordado el amanecer de los tiempos...